RESEÑA ·

Verdad, opinión y progreso

Una autopsia. 1890. Enrique Simonet Lombardo. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado


Este comentario se terminó de elaborar en agosto de 2025 en el marco del Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).


Reseña: Nubiola, J. (2001). Pragmatismo y relativismo: una defensa del pluralismo. Thémata. Revista de filosofía, Nº 27, págs. 49-57. Disponible en: https://www.unav.es/users/PragmatismoyrelativismoMonterrey.pdf

En “Pragmatismo y relativismo: Una defensa del pluralismo”, el profesor emérito de filosofía de la Universidad de Navarra Jaime Nubiola hace una defensa del pragmatismo como vía intermedia entre el cientificismo y el escepticismo. El texto, publicado en 2001, hace 25 años, es un reflejo de las temáticas en las que más ha profundizado el autor a lo largo de su carrera, concretamente la filosofía norteamericana y la tradición analítica, sinónimos durante el siglo XX. Así es, el profesor Nubiola también ha impulsado diversas iniciativas en esta línea, como el Grupo de Estudios Peirceanos, que busca difundir el conocimiento del filósofo nortemaericano Charles S. Peirce (1839-1914), fundador del pragmatismo, en el mundo hispanohablante. Recientemente, el profesor Nubiola ha recibido en Washington la distinción «Herbert W. Schneider», como reconocimiento a una carrera en favor de la comprensión de la filosofía norteamericana, algo que, en sus propias palabras, viene a significar la culminación de su vida académica.

A lo largo del texto, el profesor hace una defensa del pluralismo epistemológico, al que también se refiere, de acuerdo con nuestro entendimiento, como “pragmatismo pluralista” y “pluralismo no relativista” o “pluralismo cooperativo”. A modo de introducción, basta decir que Nubiola basa su argumento en que del rechazo al cientificismo que caracteriza al pragmatismo, no se sigue que este sea escéptico. Existiría una vía intermedia, el pragmatismo pluralista, que tiene como principios la idea de que el conocimiento humano es falible (equivocarse es humano) y social. El autor distingue este planteamiento de lo que denomina pragmatismo vulgar y escepticismo relativista. El pragmatismo, de acuerdo con el autor y los filósofos que lo han impulsado, entre cuyos máximos exponentes se encuentra Hilary Putnam (1926-2016), considera que las ciencias son actividades humanas cooperativas y comunicativas, que son un medio para progresar, pero que dada su falibilidad su deificación no tiene sentido, habría que concebirlas sin arrogancia. Conviene destacar, especialmente en el contexto actual, en el que se ponen en duda avances científicos básicos y se habla de “hechos alternativos” (Jiménez, 2025), que no es un enfrentamiento con la Ciencia, sino con la concepción científica del mundo, en la que se idealiza al científico, olvidando su condición humana y que una cosa es la comprensión de la naturaleza y otra la comprensión del mundo humano.

Para dar cuenta de su tesis, Jaime Nubiola empieza situando el concepto de pragmatismo, tanto históricamente como describiendo sus principales rasgos. Continuará introduciendo las dos principales manifestaciones del pragmatismo y acabará defendiendo que la postura pluralista no implica relativismo.

Nubiola arranca su exposición haciendo un breve recorrido histórico del pragmatismo y delimitando el concepto enérgicamente, algo comprensible teniendo en cuenta la mala fama o desprestigio del término, como él mismo y los promotores de esta corriente reconocen. Esta percepción negativa llega hasta tal punto, que de acuerdo con el autor, filósofos cuyas reflexiones compartían similitudes con el pragmatismo negaron explícitamente su adscripción a esta corriente. Tal sería el caso del “segundo” Wittgenstein o de Ortega. Tanto el significado común como las interpretaciones que se hacen del término, que suele asociarse al utilitarismo, llevaron al fundador de este sistema filosófico, Charles S. Peirce, a acuñar el término “pragmaticismo”.

Las definiciones ofrecidas por el DRAE son las siguientes:

  1. Preferencia por lo práctico o útil.

  2. Movimiento iniciado en los Estados Unidos por C. S. Peirce y W. James a fines del siglo XIX, que busca las consecuencias prácticas del pensamiento y pone el criterio de verdad en su eficacia y valor para la vida.

Los rasgos del pragmatismo destacados por Nubiola son los siguientes:

  1. Anticartesianismo.

  2. Falibilidad y pluralismo.

Comencemos por el anticartesianismo. En este punto, algunos lectores se preguntarán, ¿tiene sentido una corriente de pensamiento entre cuyos pilares se encuentre el anticartesianismo? ¿Es tan grave que la supuesta cosmovisión general sea científica? Para responder a estas preguntas hay que hacer un breve recorrido histórico, que por motivos de espacio el profesor Nubiola no puede hacer en su texto, pero que sí ha hecho en otros trabajos, que también complementaremos nosotros de forma sucinta a través de la historia de la ciencia y la filosofía moderna y contemporánea.

La ciencia como la conocemos hoy, la ciencia moderna, tiene su origen en la Revolución Científica del siglo XVII. Comenzando por Copérnico y continuando con Galileo, Kepler y Newton, el ser humano descubrió que “su mundo”, el universo, era radicalmente diferente a cómo lo imaginaba. El fin del “homocentrismo”, tendría un impacto sísmico en la existencia humana en un contexto físico difícil de abarcar por nuestra mente. Empezó la época de la observación, la razón y la práctica de experimentos. Los pioneros de la ciencia moderna no se limitaron a sus descubrimientos, sino que aspiraban a sistematizar sus prácticas, como puede observarse en las primeras organizaciones sociales que nacieron entonces. Así puede observarse, inspirados en Francis Bacon, en los estatutos de la naciente Royal Society británica. Además de en Reino Unido, en Francia e Italia también se crearon instituciones para fomentar el intercambio de información y evaluar el trabajo de terceros (Barker y Kitcher, 2024). Si el “método científico” tiene una cara visible esa es la de Descartes, considerado uno de los padres fundadores de la concepción científica del mundo. En su “Discurso del método” aspiraba a plasmar un método común más allá de sus descubrimientos concretos. Las discusiones y polémicas que ha habido siglos después y que hoy en el siglo XXI siguen teniendo lugar en torno a la demarcación de la ciencia dan buena cuenta de la dificultad de su objetivo.

Como decíamos, tal y como interpretamos nosotros la postura pragmaticista, no se trata de un ataque a la Ciencia o las ciencias, si no a la cosmovisión científica o cientificismo. El cientificismo, es una postura según la cual la ciencia conoce la capa fundamental de la realidad y el resto de formas de conocimiento no tienen valor o su valor es inferior. Presupone que todos nuestros esfuerzos de comprensión debemos pasarlos por el “ojo de la Ciencia”. La realidad es que no podemos aplicar el método científico a todos los problemas y reflexiones y de eso no se sigue que estos sean arbitrarios o carezcan de “valor cognitivo”, tal y como presupondría la tradición analítica. Este enfoque filosófico nace en el siglo XX en el seno del Círculo de Viena coincidiendo con el gran desarrollo de la física y lo que Gustav Bergmann denominó “el giro lingüistico” de la filosofía. Esta corriente, también denominada positivismo lógico, aspiraba a dar rango de ciencia a la filosofía. Para ello, basaban la investigación filosófica en la significatividad del lenguaje, sobre la base del gran desarrollo de la lógica promovida por Frege, Russell o Wittgenstein, entre otros. Tanto el pragmatismo como el positivismo lógico nacen como un rechazo a los excesos del idealismo del siglo XIX (Nubiola, 2021), que promulgaba una filosofía alejada de los problemas de los hombres. Ambos movimientos acusaban a la filosofía tradicional de vivir alejada de la realidad cotidiana con sus pretensiones de sistema y doctrina. El filósofo hispano estadounidense George Santayana, ironizaba sobre el “espíritu teórico y sobre las construcciones sistemáticas”, insistiendo en que su pensamiento no era una doctrina, sino una “apropiación del sentido común”. Llama la atención no encontrar una referencia a este autor clave de la filosofía norteamericana y europea en el texto de Nubiola, dada la importancia que este autor tuvo en filósofos coetáneos y fundadores del pragmatismo como Peirce, James o Dewey. Es cierto, en cualquier caso, que el propio Peirce no le consideraba un pragmatista (Nubiola, 2017).

Nubiola habla de la afinidad entre el pragmatismo y la tradición analítica. Precisamente el carácter anticartesiano con el que caracteriza el pragmatismo nos lleva a pensar que se trata de tradiciones opuestas. Recordemos cómo el positivismo lógico aspiraba a dar forma de ciencia a la filosofía. Probablemente sea necesario indagar en la interpretación que los pragmatistas hacen del cartesianismo. En este sentido, vale la pena traer a colación la crítica que hace Paul K. Feyerabend (1924-1994) de lo que denominó “empirismo radical”, una posición que resuena con la denuncia de Nubiola y los pragmatistas a la visión científica del mundo y el cartesianismo:

“El empirismo radical es una doctrina monista. Requiere que en todo momento se use un solo conjunto de teorías consistentes entre sí. El uso simultáneo de teorías inconsistentes entre sí o, como lo llamaremos, el pluralismo teórico, está prohibido. […] la exigencia de un monismo teórico nos puede llevar a la eliminación de evidencia que podría ser crítica para la teoría que se defiende, disminuye el contenido empírico de esta teoría e incluso puede convertirla en un sistema metafísico dogmático.”

En cualquier caso, en una primera lectura nuestra interpretación del cartesianismo, especialmente si la tomamos en el contexto en el que se desarrolló, sólo puede ser positiva. Es así en tanto en cuanto en aquel entonces nos encontramos ante el nacimiento de la sistematización de la ciencia. No nos parece negativo que se aspire a que la filosofía incorpore cualidades que se empezaron a desarrollar entonces, como la claridad y la concisión y, por supuesto, la aspiración a ser justificada y refutada. De la lectura del texto que hoy comentamos intuimos que parte de la crítica se fundamenta en el supuesto carácter individualista y dogmático del cartesianismo. Si este es el caso, entendemos que hay que tener en cuenta el contexto histórico y social de su nacimiento. En todo caso, presentarse como “anti-algo” no nos parece la mejor carta de presentación, especialmente cuando hablamos de conocimiento y este, como sabemos, tiene carácter cumulativo. La revolución científica no resta valor a los dos mil años de ideas aristotélicas. Por decirlo de otro modo, los descubrimientos de Einstein no se presentan como anti-newtonianos.

Podemos continuar nuestro argumento a través de la segunda característica del pragmatismo, esto es, el falibilismo y el pluralismo. En nuestra opinión, el cartesianismo está precisamente relacionado con el falibilismo, es decir, con el reconocimiento de que el conocimiento, en tanto que actividad humana, siempre puede ser corregido, mejorado y aumentado. Esto no puede ocurrir si la actividad no se entiende como social, pues se avanza gracias al acierto y al fracaso de los integrantes de las sociedades pasadas, presentes y futuras. Es evidente que en el nacimiento de la ciencia moderna no podemos encontrar las interconexiones sociales que existen hoy día pero, como hemos visto, las primeras organizaciones científicas nacieron también entonces. En este punto, nos gustaría traer a colación la visión del filósofo de la ciencia mexicano León Olivé, que consideraba que la ciencia, por defecto y en base a su metodología, está abierta a estudiar evidencias en contra. Esto nos invita a confiar en ella. Además, la ciencia y su evolución pueden trazarse. Podemos observar cómo evoluciona y cómo, en línea con esta idea de la evaluación y mejora continua, incluso las teorías que posteriormente se reconocen falsas son puntos de referencia fundamentales para alcanzar las nuevas teorías que las sustituyen (Olivé, 2000).

Antes de pasar a una delimitación más precisa del pragmatismo, que como decíamos está interesado en desmarcarse de las acusaciones de relativismo, es interesante hacer referencia a la mención a autores españoles como Unamuno (Martínez, 2004), Ortega (Grupo de Estudios Peirceanos, 2022) o Eugenio d’Ors. De acuerdo con Nubiola y el trabajo que se desarrolla en el Grupo de Estudios Peirceanos, estos destacados pensadores españoles guardaban cierta similitud con los temas y problemas del pragmatismo americano. Aunque como adelanta Nubiola, la reacción inicial es cuanto menos sorprendente como consecuencia de “la tradicional incomprensión mutua entre los Estados Unidos y España”. Esta animadversión puede encontrarse en el artículo “En la quietud de la pequeña ciudad” de Miguel de Unamuno. En este breve texto Unamuno contrapone la idea de América y Europa o aceleración y progreso, respectivamente. Desde nuestro punto de vista, si tomamos el pragmatismo como un forma de pensar que invita a acercar la filosofía a la realidad cotidiana de las personas, efectivamente habría similitudes. Tanto Unamuno como Ortega repiten esta idea a lo largo de todas sus obras. En palabras de Julián Marías al describir la filosofía del pensador vasco (Marías, 2016): “La razón no sirve para conocer la vida; que al intentar aprehenderla en conceptos fijos y rígidos la despoja de su fluidez temporal, la mata.” Esta idea la podemos encontrar en precursores del propio pragmatismo, como en Kierkegaard (1813-1855), que también fue crítico con el idealismo y al que muchos consideran el fundador del existencialismo moderno (Arnau, 2022). Kierkegaard tuvo un gran influjo en Unamuno, hasta el punto de estudiar danés para poder leer toda su obra antes de disponer de traducciones (Abellán, 1989).

En el caso de Ortega además podemos encontrar similitudes explícitas en la confrontación con el cientificismo que el filósofo español desarrolla en el capítulo “La barbarie del especialismo” de su obra “La rebelión de las masas”. En dicho capítulo el pensador madrileño denuncia que a partir del siglo XIX la especialización desaloja la cultura integral del hombre de ciencia, dando lugar a un sabio-ignorante, a un hombre masa.

Una vez expuestas las principales características del pragmatismo, veamos sus matices. Richard Rorty, cuyo libro “La filosofía y el espejo de la naturaleza” de 1979 tuvo un gran impacto, representa la tendencia de la que quiere alejarse el “buen pragmatismo”, como vía intermedia, que defendería Nubiola. El “pragmatismo vulgar”, en palabras de Susan Hack, de Rorty, rechaza la búsqueda de la verdad, argumentando que es un sueño cientista. Para Rorty, lo “verdadero” se correspondería con “lo que puedes defender frente a cualquiera que se presente”. Esto nos recuerda a Hume (Arnau, 2022):

“Ni sobre la cuestión más trivial podemos decidir con certeza, lo que multiplica las disputas como si todo fuera incierto. Y esas disputas se sostienen con el mayor ardor, como si todo fuera cierto. En medio de semejante bullicio, no es la razón la que se lleva el premio, sino la elocuencia. La batalla no la gana la infantería con sus espadas y lanzas, sino las trompetas y los tambores.”

No obstante, Hume criticaba el escepticismo más allá de dosis moderadas, argumentando que llevado hasta sus últimas consecuencias agotaría “todo discurso y toda vida”. Además, consideraba que las personas tendemos naturalmente a ser afirmativas y dogmáticas, es decir, no nos gusta dudar. Si seguimos el razonamiento de Hume, el pragmatismo revolucionario o relativista de Rorty sería contraria a su objetivo. Según Rorty, renunciando a la verdad, la filosofía podría centrarse en los problemas de las personas y reinsertarse en las Humanidades, al disolverse en nuestras diversas “formas de conversación”, esto es, el arte, la literatura, etc. En cualquier caso, Rorty coincide con Hume, aunque utiliza una afirmación extrema como base (la renuncia a la verdad), en que la filosofía debe centrarse en el tema humano. De nada serviría hacerse grandes preguntas sobre el cosmos si antes no aspiramos a reflexionar sobre la experiencia común, sobre lo cotidiano.

Como contraposición al pragmatismo revolucionario, vulgar o relativista, encontramos el reformista. Si el primero abandona, como hemos visto, las nociones de objetividad y de verdad, el pragmatismo reformista reconoce la legitimidad de las cuestiones tradicionales vinculadas a la verdad y pretende que la filosofía aspire, a través de la razón humana, a abordar los problemas morales tal y como ha hecho en el campo de las ciencias. Esta corriente sostiene que conocemos una parte de las cosas, no su totalidad, pero que eso no inhabilita lo que, en efecto, conocemos. Aun siendo verdadero lo alcanzado, sería insuficiente para explicarlo todo. Como puede observarse, los pragmatistas representados por Putnam, no renuncian a la búsqueda de la verdad, como sí hace Rorty. Al contrario, confían en nuestra razón, aun reconociendo sus flaquezas y límites. Entramos de lleno en el carácter pluralista de esta manifestación del pragmatismo a cuenta de la objetividad de la verdad. Siguiendo a Peirce, Nubiola defiende que lo real, lo objetivo, la verdad, sería aquella opinión a la que llegaríamos todos los investigadores si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo y todas las evidencias necesarias. La verdad no sería fruto del consenso. Afirmar que hay diversas formas de pensar no equivale a que todas tengan el mismo valor, hay maneras mejores y peores, tal y como diría Stanley Cavell. El pluralismo radicaría en que a través del contraste con la experiencia y el diálogo racional, seríamos capaces de identificar la superioridad de una sobre otra. Y volviendo a la falibilidad, puesto que somos humanos, esta superioridad aspira a ser reemplazada, corregida y mejorada ante el descubrimiento de mejores alternativas. El profesor Nubiola relaciona, de una forma muy elegante, lo que podríamos llamar el “carácter público” de la verdad, a través de la idea de Wittgenstein según la cual el lenguaje es vehículo del pensamiento. A través de la comunicación interpersonal encontraríamos el uso correcto de las palabras, siendo el cauce para alcanzar la objetividad. Esta reflexión desmarca al pragmatismo que defiende Nubiola del individualismo y, por supuesto, del pragmatismo relativista de Rorty. Que no haya un camino único ni fundamentos últimos no significa que no podamos aspirar a la verdad. Verdad y diálogo estarían interrelacionados. Cerrando con Kierkegaard, el hombre es un ser de camino y sin una verdad que buscar, andaría desencaminado. Tal y como concluye el profesor Nubiola, si no hay verdad, sacrificamos la noción de humanidad, si todo es una opinión, no mejoramos y sin perfeccionamiento no hay progreso humano.


Este comentario se terminó de elaborar en agosto de 2025 en el marco del Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

Bibliografia

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