RESEÑA ·
¿Ha cavado el progreso su propia fosa?
Vista de la ciudad de Sevilla. Atribuido a Alonso Sánchez Coello. Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
En los capítulos “El hecho de las aglomeraciones” y “La subida del nivel histórico” del libro “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset, el filósofo madrileño arranca el desarrollo de una doctrina sobre la temática que considera más importante en su tiempo, esto es, el surgimiento de la sociedad de masas, cuyo germen podemos encontrar en “España invertebrada” (1922). Este advenimiento de la sociedad de masas tendría un aspecto positivo, como sería la subida del nivel de vida de la sociedad y, por otro lado, un aspecto negativo, en este caso, el surgimiento de un nuevo tipo de hombre, el hombre-masa.
En el capítulo “El hecho de las aglomeraciones”, Ortega da cuenta de un fenómeno, el fenómeno de las aglomeraciones. Todo parece lleno. Pero no se trata solo de un aumento de la población, sino de un advenimiento de la masa en la vida pública. Para Ortega, la masa es una cualidad, un hecho psicológico, no una condición socioeconómica. Se refiere a un conjunto no cualificado. El “hombre masa”, al que también se refiere como “hombre medio”, es aquel que se conforma con no ser especial, no se exige nada, se conforma con lo que ya es, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismo, en palabras de Ortega, “boyas a la deriva”. El hombre selecto, que forma parte de la minoría (en contraposición a la masa), es aquel que se exige más que los demás. Dado que hay actividades y funciones de naturaleza especial, es el hombre selecto, no la masa, el que debería asumirlas. Paradójicamente, las innovaciones políticas son las que habrían facilitado el imperio de la masa a través de la “hiperdemocracia”, un modelo en el que la muchedumbre, la masa, gobierna directamente imponiendo sus “tópicos de café”. Por ello, no se trata solo de dar cuenta de una aglomeración física o de espacios saturados, sino también de una ocupación de espacios que deberían estar reservados a minorías selectas.
En definitiva, este acceso a técnicas materiales y también jurídicas y sociales, consecuencia del acceso a la educación y del enriquecimiento de la sociedad, ha mejorado el nivel de vida. Ahora bien, en “La subida del nivel histórico”, Ortega constata el lado negativo del advenimiento de las masas. El problema radicaría en dar por hecho estos ideales ofrecidos por la mejora del nivel de vida como parte intrínseca de la sociedad, obviando la dificultad de haber llegado a ellos, obviando la complejidad de la civilización.
El nivel de la historia habría subido de forma súbita. El individuo se mueve hoy por la existencia sin dificultad, agarrando el placer, imponiendo su decisión. Ortega tratará en posteriores capítulos lo singular de este hecho, partiendo de la base de que incluso el aristócrata se jugaba la vida hace pocos cientos de años. Históricamente lo habitual no era gozar de los derechos de los que se disfruta en la sociedad descrita por Ortega. Menos aún cien años después, en nuestra época. El ideal ha pasado a formar parte de la realidad, perdiendo su naturaleza y, por tanto, desapareciendo. De algún modo, el progreso habría cavado su propia fosa. A pesar de vivir una época llena de vitalidad, sin ideales y con el hombre medio a los mandos o, dicho de otro modo, sin dirección, la sociedad está abocada a la decadencia.
La vigencia de las ideas de estos capítulos de Ortega en la sociedad actual es evidente. Si en los espacios físicos es aún más palpable que en su época, es más representativo si cabe en el digital. Podría parecer algo exclusivo de nuestro tiempo, pero si pensamos en el espacio digital más allá de un número superior o inferior de usuarios y lo extendemos a información, Ortega ya denunciaba este fenómeno. Así, en el primer número de La Revista de Occidente, publicado en 1923, escribía: “La información extensiva sólo sirve para confundir más al espíritu, favoreciendo lo insignificante en detrimento de lo selecto y eficaz.” El advenimiento de la inteligencia artificial parece el impulso definitivo a la sociedad de masas. Si en el mundo contemporáneo antes teníamos que buscar entre una serie de resultados mediados por un tercero (el buscador), ahora ni siquiera buscamos, obtenemos una respuesta de un chatbot. Esta respuesta está dotada de una fuerza moral que ha crecido alrededor de la adoración de la tecnología y los tecnólogos, no de la ciencia, cuyo interés y respeto se pierde en un mundo en el que se defiende la existencia de “hechos alternativos”. Todo esto es retratado por Ortega en capítulos posteriores, concretamente en “Primitivismo y técnica” y en “La barbarie del especialismo”. El esfuerzo hoy es, en definitiva, menor. El aislamiento, mayor. La consecuencia es una sociedad que valora aún menos la civilización que en la época de Ortega, en un contexto en el que la técnica ha continuado acelerándose y el nivel general de vida aumentando. ¿Ha cavado el progreso su propia fosa? ¿Nos entregamos al tecno-feudalismo y su promesa de que “todo irá bien”?
Este comentario se terminó de elaborar en septiembre de 2025 en el marco del Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
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